El día que probamos el brunch

Pancakes y huevos benedict: la base de un buen brunch. Foto: Ester Solana

Pancakes y huevos benedict: la base de un buen brunch. Foto: Ester Solana

La cocina es un magnífico punto de unión entre las personas, pero también genera grandes enfrentamientos. Están los que le echan limón al pescado y los que lo apartan como si fuera un alimento del diablo. Los que untan el pan con tomate y los que con un poquitín de aceite les basta. Los de dulce y los de salado. Y, por supuesto, los amantes del vermut de toda la vida frente a los que se han lanzado a los brazos americanos del brunch.

Confesamos que nosotros somos de bodega, de cañita bien fresca y de gildas, boquerones y aperitivos varios. La verdad es que nos estábamos resistiendo a la moda del brunch, que tantas veces había intentado arrancar en Barcelona y que, gracias a los más modernos de la ciudad, ha cogido el impulso definitivo que necesitaba. Suponemos que tanta sobredosis repentina de “los brunch que no te puedes perder” y, sobre todo, las pocas ganas de renunciar a nuestras croquetas en pos de unas tortitas con sirope, nos habían mantenido al margen de este boom.

Pero en nuestro reciente viaje a Nueva York nos rendimos y decidimos probarlo de una vez por todas. Estábamos en el paraíso del brunch, así que era ahora o nunca. Además, una amiga gallega nos había amenazado con un conjuro de meiga si no le hacíamos caso y no visitábamos su adorado Cafe Petisco. Como no queríamos desatar su furia y tenemos claro que los gallegos saben de la buena vida, allá que nos plantamos. ¡Y menos mal que lo hicimos!

En Nueva York han elevado a la enésima potencia la costumbre universal de “si este sitio está lleno, será por algo”. A ellos les fascina hacer horas de cola para disfrutar de una buena comida, pero no es nuestro caso. Así que cuando vimos que el Cafe Petisco tenía la dosis justa de ambientillo sin agobio, el local ya ganó muchos puntos. No tuvimos que esperar y el sitio era de 10. Así que, como dirían los yankis, ¡win!

En el Cafe Petisco molan hasta las mesas. Foto: Ester Solana

En el Cafe Petisco molan hasta las mesas. Foto: Ester Solana

El Cafe Petisco es como estar en el salón de una abuelita adorable: por su decoración, pero también porque nos mimaron como a unos consentidos. A nuestro alrededor, ni rastro de Lonely Planets. Solo familias y grupos de amigos charlando y disfrutando de unos platos con una pinta que hacían difícil tener que elegir solo dos. Como éramos unos novatos en esto del brunch, apostamos por los clásicos: unos pancakes de plátano y nueces pecanas y unos huevos Benedict sobre una base de carne de cangrejo. Todo buenísimo, pero los huevos estaban para hacerles un monumento del tamaño de la Estatua de la Libertad.

huevos benedict cumberbatch

Nos lo han puesto “a huevo”. Foto: Elaboración propia

Además del café de rigor, el brunch tiene dos bebidas estrella: las mimosas (un combinado de champagne y zumo de naranja) y los imprescindibles Bloody Mary. Habíamos venido a jugar, así que lo apostamos todo al cóctel rojo con su mix de vodka, zumo de tomate, tabasco y otros ingredientes a priori poco apetecibles en un cóctel. El resultado es una bebida picante y solo apta para paladares atrevidos y amigas gallegas muy echadas pa’lante. Es un cóctel difícil, pero cuando le pillas el gustillo, es capaz de reanimar al más resacoso del lugar.

El Bloody Mary: sólo apto para valientes. Foto: Ester Solana

Ahora tenemos el objetivo de probar los huevos benedict y los Bloody Mary made in Barcelona, así que algún domingo prometemos dejar de lado las tapitas e investigar cómo se ha importado aquí esta tradición.

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